En 1984 escribí una semblanza de Don Edmundo B. Fernández, dueño y para aquel entonces solitario promotor del Ron Barrilito. Aunque su casona tenía la escalinata de una Hacienda ¾de doble subida, angostándose al rematar en la galería superior¾, cuando entré a la sala me topé con la misma rusticidad de mi familia en el caserón de la plaza de Aguas Buenas: las paredes de tabletas machihembradas casi vacías excepto por lo retratos de algunos antepasados suyos, muebles de reciente ebanistería criolla; en el caso de la sala que conocí de niño, feos y pesados muebles con airecillo art déco. Ni cuadros ni paisajes en las paredes. Mi familia no hablaba de “haciendas”, sólo de las “fincas” que había heredado mi abuela. La supuesta gran burguesía cañera y la pequeña, a la cual yo pertenecía, no mostraban grandes diferencias en cuanto al estilo de vida. Aquel descendiente del una vez tan sonado Marqués de la Esperanza aún no se había alejado de cierta sobriedad campesina. Luego me alegró compartir con él su afición por el mar y los automóviles. El anciano octogenario me dio una divertida trilla por toda su finca en un Dodge Brothers de los años treinta; me mostró orgullosamente su Pontiac Silver Streak automático de los cincuenta, el primero en traerse a Puerto Rico.
